Cubano es más que blanco, más que negro…el antirracismo de #JoséMartí

PL

En el crisol de la identidad nacional cubana, la impronta significativa del prócer José Martí refulge en diversas facetas de ese proceso identitario, con particular destaque en su lucha contra toda clase de discriminaciones y sobre todo en su tenaz enfrentamiento a un flagelo como el racismo.

La dura realidad de la esclavitud que sufría la Cuba colonial en pleno siglo XIX, golpeó desde temprana edad la conciencia social de un joven Martí, cuando con apenas nueve años fue testigo del cruel tratamiento que recibían en la isla caribeña el hijo y descendiente de África, víctima invariable de la trata negrera y del sistema de explotación esclavista.

Las imágenes de la crueldad sistemática contra el hombre negro agolpadas en la mente de ese niño serán recordadas en 1891, cuando ya en plena madurez y con un desarrollado sentido político, revolucionario y literario, el Apóstol recuerde en dramáticos versos su compromiso de justicia social para con ese sector explotado de población.

Rojo, como en el desierto, salió el sol al horizonte: y alumbró a un esclavo muerto, colgado a un seibo del monte. Un niño lo vio: tembló de pasión por los que gimen: y, al pie del muerto, juró lavar con su vida el crimen, expresó proféticamente en poéticas y descarnadas líneas.

La abominable situación del esclavo, devenida afrenta moral para el independentismo cubano, encontró eco en los esfuerzos emancipadores de la gesta de 1868, cuando el padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, dio inicio a la Guerra Grande con el acto fundamental de otorgarles la libertad a sus esclavos.

En el transcurso de esa epopeya, la Constitución de Guáimaro ratificaría en el nacimiento mismo del Estado-nación cubano que todos los habitantes del país eran enteramente libres, en golpe demoledor a la institución esclavista y en un gesto, donde abolición y liberación nacional se convirtieron en la esencia del cambio social en la Isla.

No obstante, la Guerra de los Diez Años finalizaría sin lograr la conquista de esos dos tan ansiados objetivos.

DÍGASE HOMBRE Y YA SE DICEN TODOS LOS DERECHOS

Aunque la abolición definitiva de la esclavitud llegaba tardíamente en 1886 para la Cuba colonial, el otro gran paso que suponía la necesaria integración social de los sectores marginados de población negra sería entendido por Martí -devenido máximo líder de la emigración revolucionaria cubana- como misión fundamental con vistas a la conformación futura, tras la independencia, de una soñada República Cordial, donde todos -hermanados- tuvieran cabida como ciudadanos.

La unidad de su pueblo, esa gran pasión de Martí, quedaba manifestada patentemente en su ideario en el cabal sentimiento y la necesidad de integración de todos los sectores poblacionales constitutivos de la nación cubana, sin distinción de clase, raza u origen, sin discriminaciones de ningún tipo.

Esa particular línea de amor, justicia social, concordia e integración destaca sobremanera en el pensamiento martiano para con el preterido cubano negro, cuyo papel en el proyecto independentista el Apóstol vislumbra decisivo.

Por ello, resulta medular la labor periodística que realiza Martí a través del periódico Patria como medio de comunicación.

Desde esta plataforma mediática, el Maestro buscará educar en el antirracismo y convencer al lector de la insostenibilidad de los argumentos discriminadores que sentaron con la exclusión racial la marginación de la población negra y por ende la imposibilidad de una efectiva integración nacional, impidiendo durante mucho tiempo la materialización de una cubanidad plena.

Bien conoce el Apóstol que ‘no hay razas: (pues) no hay más que modificaciones diversas del hombre, en los detalles de hábito y forma que no les cambian lo idéntico y esencial, según las condiciones de clima e historia en que viva’.

(1) Precisamente, en varios de sus artículos, Martí analiza la cuestión racial en Cuba y entiende desde su óptica que la Revolución de 1868 gestó las condiciones para la exitosa cristalización de la nacionalidad por medio de la adhesión a ella del entonces explotado cubano negro, al buscar con la independencia del hombre la independencia de la patria.

En la cosmovisión martiana, la Revolución constituye ese gran parteaguas -el elemento de fusión y hermandad- entre cubanos blancos y negros, toda vez ‘que abolió la esclavitud y suprimió en su primera constitución y en la práctica de sus leyes toda distinción entre ambos’.

Sabe además el Apóstol que en el sacrificio común de la contienda -donde cayeron juntos y por igual blancos y negros por un mismo ideal- se forjó el crisol de la identidad nacional cubana sin distinción de colores, pues ‘en la guerra, ante la muerte, descalzos todos y desnudos todos, se igualaron los negros y los blancos: se abrazaron, y no se han vuelto a separar’.

(2) En ese sentido, añade: ‘es la gloria de nuestra guerra. El esclavo salió amigo, salió hermano, de su amo; no se olvidan los que se han visto cara a cara ante la muerte: la muerte, con claridad sobrenatural, ilumina la vida’.

(3) Sin dudas, las ideas más avanzadas del antirracismo martiano yacen vertidas en un texto antológico como ‘Mi raza’, publicado en Patria el 16 de abril de 1893.

En ese artículo vital para la cubanidad, Martí desecha con meridiana claridad los prejuiciosos argumentos de presunta superioridad o inferioridad de una raza sobre otra, tan en boga bajo la óptica del darwinismo social de entonces y tan aprovechados por los enemigos de la Isla para sentar discordias, y se adentra en profundidad a analizar las dinámicas propias del racismo.

(4) En su examen del fenómeno, el Apóstol resalta la condición humana -la cual es inherente a todo hombre- por sobre la de raza, constructo creado para dividir a los individuos y legitimar la dominación ideológica de unos sobre otros, basada en una interpretación arbitraria y errónea de la biología.

Por ello, Martí dice que ‘el hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza o a otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos. (…) Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro’.

Pero si la condición humana está por encima de la raza por ser superior, y común a todos, a ello añade Martí la distinción nacional -de carácter unitario y amalgamador-: ‘cubano es más que blanco, más que mulato, más que negro’, bellas palabras, que sientan así las bases de una ideología de la cubanidad pensada desde el fundamento de la integración racial.

De esa forma y a partir de este precepto social martiano, se busca en esencia trascender y superar los siglos de discriminación y cierta noción estrecha, racista y limitada de lo cubano que empezó a divulgarse durante el periodo colonial, donde aquella naciente cubanidad -como resultado de las contradicciones propias de la sociedad esclavista de la época- aparecía vetada por la oligarquía hegemónica para los descendientes de África.

En una rotunda desaprobación y crítica al racismo, Martí -quien conocía de las llamadas ‘razas de librería’ y las teorías discriminatorias asociadas a ellas- afirma que ‘todo lo que divide a los hombres, todo lo que especifica, aparta o acorrala es un pecado contra la humanidad’.

Igualmente, sabe el Apóstol que en su complejidad, el racismo no es unidireccional y puede manifestarse en uno u otro sentido. Por eso de cara al fenómeno, Martí desautoriza y censura de antemano y para siempre al racista -sea blanco o negro-, porque con su actitud comete un crimen contra la condición humana que es la que une a ambas razas en el conjunto de la especie única que es el hombre.

Al respecto recuerda que ‘el blanco que se aísla, aísla al negro. El negro que se aísla, provoca a aislarse al blanco (…) Dos racistas serían igualmente culpables: el racista blanco y el racista negro’.

Al mismo tiempo, Martí a través de su periodismo defiende el reconocimiento que hizo la Revolución de los derechos públicos del hombre negro, a quien avizora como ciudadano de la Patria cubana aún por liberar.

De ese modo, en la condena al racismo, en la redención del oprimido y en la igualdad para todos del derecho reconocido en la soñada República Cordial, lugar donde el ser cubano está por encima de cualquier distinción, sea de raza o del color de piel que se tenga, quedan sentadas las bases desde la ideología martiana de una cubanidad plena, ‘con todos y para el bien de todos’.

Hoy día, a 164 años del natalicio del Apóstol, la Constitución cubana forjada bajo el principio martiano de que ‘la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre’, establece vigente la igualdad de derechos y deberes para todos los ciudadanos y el repudio, proscripción y sanción expresa a la discriminación por motivo de raza, color de piel o cualquier otra manifestación lesiva a la dignidad humana.

En ese contexto, ‘las instituciones del Estado educan a todos, desde la más temprana edad, en el principio de la igualdad de los seres humanos’: así lo proclama la Carta Magna en el artículo 42 del capítulo seis de su texto, aprobado por la voluntad popular en 1976. (Jorge Hernández-PL)

Bibliografía martiana:

(1) La verdad sobre los Estados Unidos, Patria, 23 de marzo de 1894.

(2) El plato de lentejas, Patria, 6 de enero de 1894.

(3) Pobres y ricos, Patria, 14 de marzo de 1893.

(4) Mi raza, Patria, 16 de abril de 1893.

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